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Aún llevo en mitad de la lengua
el sabor del primer sexo
-mi gran cicatriz en la boca-

El niño que no sabe nada
nacía de su vientre
como un guerrero tierno.

Ella, colorida como un tiovivo,
la delicia de un cuerpo terrenal,
tenía un rostro hermoso.

Para mi gusto un poco flaco.
Sus manos con diez culebras
-a veces te encuentra la felicidad-

Y aunque han pasado cien años
conservo en mitad de la lengua
aquel primer sabor.

Ya nunca supo a lo mismo,
la exaltación, la euforia,
ciertamente ningún otro.

Y no fue la muchacha
con sus manos maravillosas,
con su sexo violento.

Era la necesidad de crecer
-el cuerpo es sabio
y sabe lo que se hace-

Ahora soy el que llegó,
no digo aquí, a la vida
y esto lo dejo vestido.

Aunque parezca fingido,
un año de diesiete mayos,
mis trece lenguas verdes,
y yo aquí, digo.

..L. Gómez..