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Yo era la mala compañía, el muchacho prohibido, el que por mor del silencio sería un poeta oscuro; ahora soy sólo el que dice -antes era esto o lo otro-

Bien, soy oscuro, me gusta la noche, su tragedia, no caeré en decir que los caminos me trajeron, me tocó la mano la vida y puedo fingir que estoy.

No soy el bulto de un jarrón junto a otro jarrón, soy un disparate y no sé cómo solucionarlo, tengo que aprender a callar esta boca de nadie.

Estoy harto de tener que gritar a los ojos sordos que ellos deben aprender también a escucharme, hacer puentes de palabras entre sus claves y las mías.

Soy digno de conocer aunque me llamen loco y bruto, aunque sea para insultarme y encontrar mi indiferencia, el bruto del barrio, sí, el loco que vive escribiendo.

Yo era la piedra que enseña que no todo es rodar hacia abajo cuestas imperturbables, sombras ajenas, no todo es pinchar un par de hierros y hacerte una jaula.

Y qué sabré de almendras y calabazas, no me conozco, si, asustado, incierto, voy descubriéndome a gotas, si me refugio en todos los que ocuparon este cuerpo.